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featuring Kurt Wallander of Ystad, Sweden.
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An essay by Alejandro García Puig
English version is also available

La maestría narrativa o el triunfo de la sobriedad
"Pisando los talones": un nuevo caso del inspector Wallander
Tusquets Editores, Colección Andanzas, Barcelona, 2004, 557 páginas.

Según reza en la nota biográfica de la solapa del libro, Henning Mankell es escritor y director teatral. Yo, sinceramente, creo que es, ante todo, un economista. Un gran economista del lenguaje, que sabe conjugar, como pocos, los recursos literarios que posee, unos recursos aparentemente simples, pero que, gracias a su extraordinaria habilidad, le permiten hilvanar historias en las que no sobra ni falta nada. ¿No dicen los economistas que algo así se considera una asignación óptima de recursos?

Hay buenas historias literarias de ficción que se ven fácilmente superadas por la realidad; otras son reflejos tan exactos de ésta que llegan a parecer de pura ficción. Las historias del ya famoso inspector de la policía de Ystad, Kurt Wallander, llegan a alcanzar un equilibrio tan perfecto que difícilmente pueden ser superadas por la realidad o por la ficción. Cuando se acaba la lectura de una novela de Mankell, marcada de principio a fin por la coherencia y la lógica de su construcción, uno llega a plantearse que cómo es posible que algo tan razonable no se le haya ocurrido antes a otro, y cómo no podemos ser capaces de escribir algo similar. Además de talento y de destreza narrativa, son quizás sus grandes dotes de dirección teatral las que hacen posible que los numerosos actores que dan vida a sus novelas interpreten tan bien sus papeles, y sean capaces a su vez de cobrar vida en ellas. Desde el momento en que se levanta hasta que cae el telón, la representación es siempre perfecta.

Mankell ha logrado crear un personaje entrañable, tanto que me llevaría una enorme decepción si alguna vez alguien tratara de convencerme de que en la comisaría de esa pequeña ciudad de Escania nunca ha existido un policía con ese apellido. Wallander no es ningún superhombre; en él es difícil hallar alardes de algún tipo; es incapaz de resolver inmediatamente los casos policiales a través de razonamientos inverosímiles que no faltan en otras novelas del género; es impotente para evitar nuevos crímenes; es una persona atormentada en su vida privada. Simplemente es un buen policía. Pero ser un buen policía, un excelente profesional que antepone su trabajo a todo lo demás, tiene a veces elevados costes (los economistas dicen que todo tiene un coste de oportunidad), como ocurre en la vida misma: Wallander no ha sido un modelo de marido, tampoco de padre y ni siquiera de hijo. En numerosas ocasiones tampoco se siente satisfecho con su trabajo. Lo idílico, lo perfecto, queda desterrado de la vida de este policía plagada de frecuentes crisis personales.

Toda la obra de Mankell está impregnada de una añoranza, explícita en no pocos momentos, del modelo tradicional de la sociedad sueca, una sociedad tolerante, de pleno empleo, igualitaria, pacífica, sin delincuencia ni corrupción... Las cosas ya no son lo que eran... en ningún sitio del mundo. Las obras de Mankell vienen a ser así un reflejo de los cambios sociales, económicos y políticos que hemos vivido a lo largo de las últimas décadas, que incluso han conseguido hacer temblar algunos de los cimientos más firmes del envidiado modelo del Estado del Bienestar sueco.

Otro de los rasgos característicos de Mankell es el de desvelar pronto al lector la identidad de los asesinos y las claves de su actuación. Paradójicamente, ello no resta un ápice de interés, sino todo lo contrario, al desenvolvimiento de la trama novelística. En esta ocasión, como siempre, el lector dispone de información privilegiada fuera del alcance de los investigadores policiales, pero en mucho menor grado que en novelas anteriores. Todos hemos leído novelas que, como se suele indicar en sus reclamos publicitarios, te enganchan desde la primera página. Es cierto, pero muchas de ellas consiguen este efecto a través de toda suerte de artificios que se tienden al lector, que consume páginas ávido de conocer el desenlace de los acontecimientos. No pocas veces, la llegada de la última página nos convence de que en aquel libro había poco más que un señuelo carente de contenido. Nada de esto sucede en las novelas de Mankell. El juego limpio que suele practicar su personaje principal lo respeta en toda regla el autor con sus lectores.

En "Pisando los talones", séptima entrega para los lectores españoles, los policías de Ystad han de afanarse en descubrir las claves de los asesinatos brutales de unos jóvenes que sólo pretendían retiro e intimidad en la celebración, ambientada en otra época, del solsticio de verano nórdico, en un recóndito paraje de un parque natural. Sin embargo, nadie les echa en falta, ya que, aparentemente, han decidido emprender un viaje por el extranjero. Sólo la madre de una de las jóvenes desconfía, sin embargo, de que las postales que ha recibido sean verdaderamente de su hija. Inexplicablemente, uno de los miembros del equipo de investigadores, siempre puntual, eficaz, solitario y taciturno, no acude a la reunión de trabajo convocada casi sin convicción de que realmente existiera un caso. El misterio y la intriga están servidos ya desde el comienzo.

Tras casi treinta años de servicio, un Wallander fatigado e irritable, que no logra entender cómo los signos de la violencia han podido adueñarse de la otrora sociedad modélica, acuciado además por los síntomas de una inesperada enfermedad que se resiste a reconocer, ha de poner todo su empeño para ordenar las piezas de un nuevo e inextricable rompecabezas. Todo un desafío para un equipo de investigación que no logra encontrar una senda sobre la que avanzar siquiera mínimamente. "Ante nosotros sólo tenemos el más absoluto vacío" llegará a proclamar un Wallander cuyo relevo del caso es planteado por el fiscal, y que deberá aferrarse a cualquier detalle mínimo, la mayoría de las veces inadvertido, para tratar de encontrar algún indicio esclarecedor. En su búsqueda, el lector tendrá que acompañarlo a través de frecuentes desplazamientos, incluido el que efectúa a un archipiélago solitario y paradisíaco. Mankell advierte expresamente de que se toma algunas libertades respecto de algunas localizaciones geográficas. Posiblemente haya hecho uso de esa libertad cuando, en uno de los capítulos, menciona un vuelo chárter a Suecia procedente de Marbella. De lo contrario, quizás no estaría de más que se le invitase a visitar nuestra ciudad y nuestra provincia y, quién sabe, tal vez nos podría presentar personalmente a Kurt Wallander.

Ah, y, si se me permite, una advertencia final para todos aquellos que, por una u otra razón, aún no se hayan adentrado en una novela de Mankell. Si lo hacen, corren un serio peligro de quedar atrapados por la irresistible pulsión de la sobriedad narrativa de este gran novelista sueco. Los que no fuimos tan precavidos estamos esperando con impaciencia que acaben los trabajos editoriales de la ya anunciada próxima aventura cotidiana del inspector Wallander.

Alejandro G. Puig
Málaga (Spain)